The Dark Hunter

Wolf_of_winter_night_by_Dark_Sheyn

Ten cuidado conmigo en la oscuridad,

brillan mis ojos en la penumbra,

y si mi aullido en la distancia logras a escuchar

huye, huye que ni el más fiero demonio

me hace sombra.

 

Soy un cazador de la noche

soy tu peor pesadilla

soy el veneno del mundo

escurridizo y pícaro

que hasta la muerte

se esconde de mi poder.

 

Huye, huye de mí

tan pronto como puedas

porque antes de que te des cuenta

te habré matado,

habré acabado contigo

y te habré arrancado el corazón.

Sólo soy el más cruel y frío engaño

la muerte vista desde arriba

la última sombra de vida.

 

Nada puede tocarme

nada ni nadie puede hacerme daño

no tengo corazón

no siento nada…

¡Huye!

no te fíes nunca de un lobo

con piel de cordero.

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Demonios internos

En su habitación, enfrente del ordenador concretamente, ella escribe un documento en Word. Podemos ver cómo expresa con palabras el día que ha llevado. Pensativa, comienza a ordenar y a retratar en su mente todas las imágenes que han sucedido en ese día…

Son las 8 de la mañana de un domingo cualquiera de enero. La chica que duerme entre esas sábanas de algodón lilas abre los ojos. Se despierta descansada tras una noche de sueño reparadora, extrañada por lo que ha soñado hace un minuto. Sabe que no debe darle más importancia de la que tiene, pues los sueños suelen ser bastante inconexos y con pocas revelaciones.

Aún en pijama, se dirige a la cocina para desayunar algo. Un vaso de leche con chocolate. Va al baño a arreglarse un poco y a estar medio presentable. Se mira en el espejo y ve que anoche, después de su salida con los amigos, olvidó quitarse la pintura. Se mira a los ojos y ve en lo más profundo de su alma lo que aún pesa sobre su conciencia y, a veces, consigue partirla en dos. Regresa a la habitación. Su templo, su santuario. Cierra la puerta tras ella y se dirige directamente a encender el ordenador para poner el último capítulo de una nueva serie. Se sienta y coge los apuntes para estudiar. Así pasan las horas.

Levanta los ojos de los apuntes para mirar el reloj del ordenador. Son las 14:30h. Vuelve los ojos a los apuntes, no le apetece comer después de haber guerreado en casa. Ella sigue sentada en su silla esquelética negra, viendo de reojo la serie y estudiando. Cuando el estómago empieza a rugir, se levanta y se dirige a la cocina para prepararse algo de comer. Vuelve con una bandeja llena delicias propias del Levante. Devora la comida como si estuviera poseída por uno de los siete pecados capitales: La Gula.

Después de que se reprodujera en el ordenador casi la mitad de una temporada de la serie, vuelve a levantarse para ir al baño y comerse un bocadillo.

Sobre medianoche, decide dejar de seguir con esa maldita asignatura endiablada y decide, con música de fondo, navegar por internet. Descubre una cosa que la deja atónita. Cambia la música porque toda la alegría se le ha ido del pecho. Ha vuelto el dolor y la ira que había intentado aplacar hace mucho tiempo, pero es en vano. Entonces, siente como vuelve la pesadez de los años, la guerra, la sensación de estar entre dos bandos…

Se bloquea en el tiempo que transcurre ese minuto. No sabe qué hacer. No sabe cuál es la dirección correcta o el camino que debería tomar. Debe tomar una decisión pronto, porque esa pesadez que lleva en su corazón la está destrozando poco a poco. Aún no se lo ha dicho a quien debería, aún no ha revelado su secreto a los dos bandos de la guerra. En un arrebato de sentimientos desbordados, ataca a uno de los bandos de forma muy sutil. Su mente espera una respuesta, la que sabe que le darán. Sin embargo, su corazón espera la respuesta contraria, la opuesta, la respuesta de la esperanza. Piensa que esa información la ayudará a tomar la decisión oportuna que tanto necesita.

Era un ataque lleno de remordimiento, doloroso y con ira, con mucha ira… Por un momento se ve reflejada en la pantalla del ordenador. Ve la expresión temeraria en su rostro, una expresión endiablada que la asusta. No es ella. Es el demonio que lleva dentro. Uno de tantos que irrumpe y la controla por completo.Tras pestañear, vuelve a ver el reflejo de la pantalla. Y se ve ahí, como si nada hubiera pasado. Perpleja y algo confundida, piensa en lo todo lo que acaba de pasar y lo achaca a que ya son las 2 de la madrugada y necesita dormir. Arrepentida por el sentimiento que ha tenido y que la ha llevado a perder el control, se dispone a fortalecer su espíritu invocando con cuatro palabras a sus ángeles. Con su ayuda, se da cuenta que no era sólo ira. Lo que había encendido la ira, era la envidia y el rencor, un pecado que era incapaz de reconocer.

Tras una pausa larga, y sin dar crédito a lo que estaba pasando por su cabeza, decide irse a dormir, asustada por haber dejado salir a sus demonios internos. Quién sabe si mañana podría perder el control de sí misma y dejarlos a su libre albedrío. Eso sería una tragedia. Guardarlos en lo más hondo es su misión, su responsabilidad. Si por un momento todos emergieran a la vez, Los Siete…

Y mientras el terror de la duda se apodera de su alma, apaga el ordenador, se mete entre esas sábanas lilas de algodón, y reza a su dios para que la proteja de esos demonios, que cuide de su destino y la libere algún día de esa tremenda responsabilidad que un día podría llegar a partirla en dos…

Carta al hombre del faro

“Estoy escuchando la letra de una canción que dice: “ya verás cómo me olvidas…” y después de tantos años sigo recordándote, sí a ti, aunque te parezca imposible… aunque te parezca tan extraño. Sigues en mí, formando parte de mi personalidad y de algunas de mis acciones. Sabes tan bien como yo que tanto tiempo a tu lado dejó huella. No niegues que no ocurrió, no niegues que por un momento no compartimos la magia de dos almas gemelas que se encontraron  en un punto efímero de un universo remoto, no niegues lo que fue evidente y que pasó fugaz por delante de nuestros ojos. Fue como un suspiro en el viento, como un deseo imposible y a la vez, embriagante y apasionado. Hoy vuelvo a recordarte sin temor a la herida. Es curioso saber que nuestros destinos por el momento no volverán a entrelazarse. Digo por el momento, porque no es posible cruzar nuestros futuros ahora… pero aún tengo presente tu promesa y sé que tú te acuerdas de ella tan bien como yo…

Sabes en el fondo de tu corazón que volveremos a encontrarnos, ya sea bajo la sombra de un olivo o unos instantes junto a la orilla del mar. Tú sabes dónde encontrarme. Simplemente esperas, agazapado como un felino, tu oportunidad de aparecer.

Otro año más

Otro día pasa y cada día más cerca del fin de año estamos. Hoy a las puertas, mañana habremos llegado.

Lo importante es saber vivir el momento, acostarse con algo más aprendido en la cabeza, haber sonreído, haber disfrutado de las 24 horas que tiene un día que no volverá a ver la luz, haber dejado las penas atrás y haber sido capaces de reflexionar para intentar ser una mejor persona y darnos cuenta de los errores que ayer cometimos.

Somos humanos señores, pero gracias a que somos humanos podemos levantarnos de nuevo cada vez que nos caigamos.

Hoy me voy a la cama pensando que he aportado algo más al mundo y algo de ese mundo se va conmigo a la cama… ya sean risas, conversaciones con amigos de hace muchos años, abrazos cálidos, mensajes de personas inesperadas o besos robados.

Buenas noches.

El hombre del faro

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Alguien me dijo una vez, que “el faro siempre se mantendría encendido y visible para aquellos que siempre quisieran mirar a tierra firme”. Hoy, me pregunto si fue verdad lo que me dijo aquel hombre que encontré al pie de la roca del acantilado.

Después de mucho tiempo navegando por aguas perdidas en mi navío, volví a ver ese punto de luz brillante en el medio de la total oscuridad en la que me encontraba. Fue como si hubiera pasado la borrasca que no me dejaba ver más allá. Puse rumbo pues hacia esa luz tenue que marcaba mi caprichoso sino.

Al acercarme, pude divisar desde mi fragata, una figura sentada en el acantilado. Como no distinguía quién podía ser desde aquella distancia, eché el ancla, bajé de mi barco, me dispuse a llegar a tierra firme con un bote y escalé la abrupta roca.

Cuando llegué a la cima, y para mi sorpresa, vi que aquella figura sentada era aquel hombre que me había dicho hacía mucho tiempo, esa frase en la que pensaba en mis noches más frías y obscuras.

Desgraciadamente, el hombre se había convertido en piedra y el musgo cubría los rincones más recónditos de su cuerpo, donde los rayos de luz no llegaban. Me entristeció ver esa imagen, puesto que parecía haber estado esperando, durante muchos lustros, el momento en el que aparecerían las velas de mi fragata en la lejanía del horizonte, acompañando a un esperanzador amanecer.

Lo único que pude hacer fue honrar a aquel hombre y guardar un minuto de silencio. Mientras tanto, mi alma sucumbía al dolor de la pérdida, de la ausencia. Era este el momento, en el que debía comprender que la muerte se lo había llevado y que jamás podría disfrutar de otro minuto a su lado, que no volvería a dislumbrar esperanza en sus ojos, ni la alegría marcada en las arrugas que producen con el tiempo los años. Lo más doloroso era saber, que jamás aquel hombre tan sabio,conocería mi dicha, ni que había vuelto, a través de sus consejos, a tierra firme, a mi hogar.

Niphredil.

Terror en la noche

Me encuentro en una casa blanca americana tipo dúplex con porche y cristaleras en las puertas.

Estoy con una mujer rubia y yo soy pequeña (tengo unos 3 o 4 años). Hay un hombre alto y con pelo castaño, caucásico. Ambos tienen los ojos azules de mirada intensa y penetrante.

Recuerdo que se empeñaron en ir a acampar al monte. Nos vamos en un 4×4 rojo. Después de llegar allí, montan la tienda de campaña. Todo perfecto, todo en plan “familia feliz”.

Se va haciendo de noche. El hombre va en busca de leña porque empieza a refrescar. Mientras, la mujer me habla, juega conmigo y nos divertimos.

El hombre tarda en regresar, el cielo se oscurece por completo, reina la noche y el silencio es más sepulcral, más extraño. Empezamos a oír ruidos en la inmensidad.

La mujer entra en la tienda de campaña en busca de algo. Yo estoy jugando con piedras fuera de la tienda.

Algo me llama la atención. Veo una sombra en la lejanía. Corro hacia ella pensando que es el hombre. No hay estrellas, ni luna. Todo está muy oscuro. Veo que es el hombre que conozco. Él acelera su paso. Veo su mal aspecto: sangre, trozos de carne colgando, ojos desorbitados en una mirada asesina…

Me asusto y temo por mi vida. Se enciende el interruptor de la supervivencia y chillo. Siento miedo. Vuelvo chillando y corriendo a la tienda. Veo más sombras parecidas en la oscuridad. La mujer, alertada por mi chillido de socorro acude en mi busca con una linterna en la mano. La luz descubre al zombie del que huyo con demora. La mujer chilla aterrada. Vienen más sombras. Me coge en brazos y nos dirigimos a toda velocidad hacia el coche. Nos largamos.

Llegamos a la casa blanca. Entramos y la mujer llama a la policía. No hay línea. Llorando y con una mirada de terror y auxilio sale a la calle en busca de alguien que pueda tenderle una mano.

No hay nadie en la calle. El mismo silencio sepulcral. La oigo pedir ayuda desde dentro de la casa. Entra chillando. Empieza a cerrar puertas y ventanas. Se oye el sonido de alguien que va a morir.

Los zombies golpean puertas y ventanas sin piedad, mientras hacen ruidos con esas voces de ultratumba.

Me sube al piso de arriba donde se encuentra la buhardilla. Allí, a través de la escalera colgante del techo entramos en ella, mientras se oye el crujir de la madera del piso de abajo. Están entrando.

Con prisa, busca en la buhardilla algo donde poder escondernos. Ve un armario. Me mete en él. Con un susurro, me dice que me quiere muchísimo y que pase lo que pase no salga de allí, que va a buscar ayuda y volverá. Pero sabe en el fondo de su corazón que no va a volver y la mentira cae en su alma, como un buen trozo de plomo. Llorando, aprieta mi mano, me besa en la frente y cierra la puerta del armario.

Estoy sola y aterrada. Oigo pasos en la casa. Estoy aterrada. Sé que no va a volver, algo en mi interior me lo dice. El instinto de supervivencia me indica que me quede quieta y que no haga ruido.

Al rato, oigo chillidos de una mujer a la que están devorando viva. Chillidos de dolor. Noto como se me eriza el vello de la piel y se me corta la respiración. Siento terror, tengo el corazón latiendo muy deprisa.

Oigo pasos cada vez más cerca. Ahora solo hay silencio, han cesado los gritos. La puerta de la buhardilla chirría. Vienen a por mí. No entiendo por qué saben que estoy aquí.

Empiezan a subir. Oigo pasos arrastrados, huelo algo muy desagradable, huelo mi propio miedo, rezo para que no abran el armario.

Veo entonces, oscuridad por las rajitas de la ventana donde minutos antes veía luz. Está ahí, enfrente… sólo tiene que abrir la puerta…

La abre,  y en una explosión que no sé qué es, consigo pasar entre sus piernas corriendo, bajo las escaleras de prisa y asustada. No se oye nada. Ando en silencio, de espaldas… me topo con algo por detrás… huelo una mezcla entre sangre fresca y un olor muy desagradable… al igual que el olor del armario…

Me cogen los hombros y me muerde en el cuello y chillo y chillo y chillo desesperadamente mientras rabio de dolor. Dolor mucho dolor. Siento cómo me desgarra la carne, cómo sus dientes intentan saciar su hambre, el ansia por devorarme. Como última medida desesperada por mantenerme viva, mi cuerpo patalea y golpea a mi agresor, pero es en vano.

A causa de mis gritos y  del olor a carne fresca y sangre que desprendo acuden más zombies. Más mordiscos, más dolor, más desgarro de la carne, sangre por todas partes. Ansia, voracidad. Me muerden manos, piernas, brazos, vientre… me despedazan entera, me quedo inconsciente y solo recuerdo ojos inyectados en sangre, carne putrefacta, ansia, dolor, miedo… miedo a la muerte.

Despierto sobresaltada empapada en sudor y gritando tu nombre. Sí, tu nombre. Porque eres el próximo…

…Estamos detrás de ti, a tu espalda, esperando poder darte el primer mordisco.

Soñando un recuerdo, una realidad

Ayer fue la mágica Noche de San Juan… y esa noche no te vi… sin embargo, noto que siempre estás conmigo aunque no te tenga cerca… huelo tu aroma entre el olor a jazmín y el galán de noche… te veo aún cerrando los ojos y después de mirar entre la multitud te encuentro… regresas a mí en forma de canción aunque no estés a mi lado… te escucho como si junto a mi oído estuvieras cantando… te siento en mi piel desde que dejaste tu huella en ella… y te encuentro una y otra vez en la puerta de mi corazón llamando… esperando a que me asome a la ventana para que te regale un “Sí”, una caricia o un beso.

La cosa es que tú sabes que mi corazón está escondido en el jardín guardado bajo llave dentro de un cofre… y lo mejor de todo es que tienes la llave, desenterraste el cofre y tienes mi corazón en tus manos… pero eso no es suficiente para tí… sólo esperas a que yo salga de esa casa para cogerme de la mano y  te susurre, aunque sea en forma de melodía en el viento, que quiero compartir mi vida contigo y caminar juntos hasta el final de tus días y los míos…

Son las 7:30 de la madrugada. Me despierto acalorada y sobresaltada. Rompo a llorar porque pienso que sólo es un sueño. Pienso después y miro aquello que guardo con tanto recelo… uno de mis mayores tesoros… una flor inmortal. Abro bien los ojos esperando que no sea una falsa ilusión de mi mente al despertar. No lo es. Mi sonrisa ilumina mi cara y mis ojos se llenan de alegría. Grito para mis adentros feliz y satisfecha al pensar, que el sueño sólo era un recuerdo de lo que ayer fue realidad.

Declarando la guerra

Querido Devorador de almas:

Gracias por encontrarme. Tú sabías que estaba ahí, debajo de las rocas. Mientras, otro se hacía con mi reino. Tú lo sabías y no tenías miedo a tenderme la mano aunque te quemara… aunque ardieras… aunque te matara por dentro…

Sabías la leyenda. Tú lo sabías. Sabías mi secreto, pero aún no puedo entender cómo lo conocías. La única manera es que tú también tuvieras un secreto igual para poder reconocer el mío. Aún así, te agradezo que me des fuerzas. Que me guíes en mi propia oscuridad. Que hayas tenido el valor para desafiar hasta mi propia voluntad y que preserves tu fidelidad y lealtad hacia mí a pesar de que pisas arenas movedizas mientras piensas ilusionado que es un camino de piedra.

No te juzgo. Cada uno toma sus propias decisiones y esa es arriesgada. Pero sabes que yo siempre te apoyaré aunque jamás lo reconozca. Tú eres mi subdito y yo debo ser dura con aquellos que se alistan para morir.

Jamás olvides que las puertas de la vida están reservadas para los cautos y que desde esta noche… las de los muertos se abrirán, reinarán sobre La Tierra y habrá guerra entre dos mundos.

No olvides quién eres. No cambies. Recuérdalo.

“Ten cuidado en El Cielo. Me ha dicho el viento que allí los que suben pierden la cabeza y se hunden en lo más profundo de la locura. Mientras recuerdes por qué locura subistes siempre andarás cuerdo”.

demonios

Carta para Ojos Esmeralda

Queridos Ojos Esmeralda:

No importa cuánto tiempo haya pasado. No importa qué distancia se haya afianzado entre nosotras. Yo siempre que escucho esta canción, me transporto a aquel recuerdo contigo: a aquella tarde de una estación en la que cantábamos a los cuatro vientos el rap de una vida, que aunque no fuera nuestra nos unía.

Aunque creas que no, siempre me he acordado de ti y del tiempo que hemos pasado juntas. Del tiempo que nos hemos regalado desde que nos conocemos… cuándo ni siquiera teníamos uso de razón.

Cada vez que esa melodía viene a mí, escucho tus palabras, tu tono de voz, miro tus cartas, veo todos los recuerdos pasar por mi memoria. No sé si tú habrás hecho lo mismo, no importa. El tiempo pasa y cada uno tiene que ir haciendo su senda, pero en mi senda tú dejaste huella.

Con esto hago honor de todos estos años de amistad. Porque me acuerdo de ti. Porque te recuerdo con cariño. Porque quiero que sepas que a pesar de todo, yo estoy ahí por si me necesitas.

Espero que consigas todo lo busques en esta vida.

Un beso y un abrazo muy grande.

P.D: Me encantó que me buscaras, que quisieras saber de mí, después de todos estos años, y te estoy muy agradecida por todas las cosas que me has aportado.

ojos verdes

Reflexión para la mariposa de sol.

“Créeme si te digo que es preciso volar de vez en cuando,

aunque a veces,

pisar la tierra es lo más sensato”.

Mariposa de sol

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